Cartelismo Cubano: El Arte Gráfico que Revolucionó el Diseño Mundial
Historia del cartel cubano, desde los carteles del ICAIC y OSPAAAL hasta su influencia global. Arte, propaganda y diseño gráfico nacido en Cuba.
Un lienzo en las calles de La Habana
En 1959, mientras el mundo occidental llenaba sus calles con anuncios de Coca-Cola y automóviles, Cuba comenzó un experimento visual sin precedentes. La Revolución no solo transformó la política y la economía de la isla: engendró uno de los movimientos de diseño gráfico más originales del siglo XX.
El cartelismo cubano — el arte del cartel revolucionario — convirtió las paredes de La Habana en una galería al aire libre. Sin Madison Avenue, sin agencias de publicidad, sin presupuestos millonarios. Solo tinta, serigrafía y una visión: comunicar un mundo nuevo a un pueblo que estaba aprendiendo a leerlo.
El ICAIC: cine y diseño en una misma revolución
El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), fundado en marzo de 1959 — apenas tres meses después del triunfo revolucionario — fue el motor principal del cartelismo. Cada película que se estrenaba en Cuba necesitaba un cartel, y el ICAIC dio carta blanca a sus diseñadores.
Eduardo Muñoz Bachs, un valenciano criado en Cuba, se convirtió en el más prolífico: creó más de 2.000 carteles entre 1960 y 2001. Sus obras combinaban humor, colores primarios y una simplicidad engañosa que ocultaba una sofisticación compositiva notable. Su cartel para Un día de placer de Chaplin o Los pájaros de Hitchcock reinterpretaban el cine mundial con ojos caribeños.
René Azcuy aportó una elegancia minimalista. Antonio Fernández Reboiro exploró el surrealismo y la psicodelia. Alfredo Rostgaard fusionó militancia política con un lirismo visual sorprendente — su cartel de Canción protesta (1968), con una rosa que brota de un rifle, es una de las imágenes más reproducidas de la era.
Lo revolucionario no era solo el mensaje: era la libertad creativa. A diferencia de la propaganda soviética — rígida, doctrinaria, con su realismo socialista obligatorio — los cartelistas cubanos podían experimentar. Nadie les imponía un estilo. El resultado fue una explosión de influencias: art nouveau, pop art, op art, psicodelia californiana, grabado japonés, arte afrocubano.
OSPAAAL: solidaridad en papel
Si el ICAIC ponía cara al cine, la Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina (OSPAAAL) — fundada en La Habana en 1966 — dio voz visual a los movimientos de liberación del Tercer Mundo.
La revista Tricontinental, publicada por OSPAAAL, incluía carteles desplegables que se enviaban a 87 países. Eran obras de arte portátiles: serigrafías que terminaban pegadas en paredes de Argel, Hanoi, Dar es Salaam y Berkeley. Cada número traía un cartel original, y hoy estos se cotizan en miles de dólares en subastas de arte.
Los temas eran la lucha anticolonial, la solidaridad con Vietnam, Angola, Palestina, el Congo. Pero el tratamiento visual escapaba del panfleto: Olivio Martínez Viera creó su icónico cartel del Che (1969) con una síntesis gráfica que rivalizaba con el mejor Saul Bass. Jesús Forjans y Rafael Morante aportaron composiciones que hoy cuelgan en el MoMA de Nueva York y el Victoria & Albert Museum de Londres.
La serigrafía como democracia visual
Un aspecto crucial del cartelismo cubano es su medio: la serigrafía (silkscreen). En un país con recursos limitados, esta técnica permitía producir cientos de copias con colores vibrantes a bajo costo. No era offset industrial ni litografía de lujo: era artesanal, directa, con la imperfección como virtud.
Cada cartel se producía en tirajes de 1.000 a 5.000 copias. Se pegaban en las calles, en cines, en centros de trabajo, en las Casas de Cultura. El arte no estaba encerrado en galerías: vivía donde vivía la gente. Esta democratización del diseño gráfico es quizás la mayor contribución del cartelismo cubano a la historia del arte visual.
Los colores eran dictados tanto por la estética como por la escasez: a veces solo había dos tintas disponibles, y los diseñadores convertían esa limitación en una firma. El resultado: composiciones de alto contraste que funcionaban igual a tres metros que a treinta.
Más allá de la propaganda: arte con mayúsculas
Es tentador reducir el cartelismo cubano a “propaganda revolucionaria”. Es un error. Como señala la exposición del Cooper Hewitt Smithsonian, estos carteles trascienden su función original. Son arte gráfico de primer nivel, comparables al constructivismo ruso de Ródchenko o al Swiss Style de Müller-Brockmann.
La diferencia es que el cartel cubano respiraba trópico. Donde el constructivismo era geométrico y frío, el cartelismo cubano era orgánico y caliente. Donde el diseño suizo buscaba la neutralidad universal, el cubano celebraba lo local: los colores del Caribe, las formas de la santería, el ritmo visual del son.
Hoy, instituciones como la Rhode Island School of Design (RISD), el Centro Studi Cartel Cubano en Italia y coleccionistas privados de todo el mundo preservan miles de piezas originales. Un cartel del ICAIC de los años 60 puede alcanzar los $5.000-$15.000 en subasta.
El legado vivo del cartel cubano
El cartelismo cubano no es solo historia. En La Habana, jóvenes diseñadores como Nelson Ponce y Giselle Monzón continúan la tradición, mezclando las técnicas clásicas con herramientas digitales. El Salón de Carteles de La Habana, celebrado cada dos años, sigue siendo un referente del diseño gráfico latinoamericano.
La influencia del cartelismo cubano se rastrea en el diseño gráfico chicano de los años 70, en los carteles del movimiento Black Power, en el street art contemporáneo y en diseñadores como Shepard Fairey, cuyo icónico cartel “Hope” de Obama bebe directamente de la estética de OSPAAAL.
Cuba demostró que el diseño gráfico no necesita presupuestos millonarios ni tecnología de punta. Necesita ideas, audacia y algo que decir. En una isla con escasez de casi todo, el talento nunca faltó — y las paredes de La Habana fueron su mejor galería.
¿Conocías la historia detrás de los carteles cubanos? El cartelismo de la isla sigue inspirando a diseñadores de todo el mundo, demostrando que el arte verdadero no conoce fronteras ni limitaciones materiales.
Preguntas frecuentes
- ¿Qué es el cartelismo cubano y por qué es importante?
- El cartelismo cubano es el movimiento de diseño gráfico que floreció en Cuba tras la Revolución de 1959, principalmente a través de carteles cinematográficos del ICAIC y carteles de solidaridad de OSPAAAL. Es importante porque creó un lenguaje visual único que rompió con la publicidad comercial e influyó en el diseño gráfico mundial.
- ¿Quiénes fueron los principales cartelistas cubanos?
- Entre los más destacados están Eduardo Muñoz Bachs (autor de más de 2.000 carteles para el ICAIC), René Azcuy, Antonio Fernández Reboiro, Alfredo Rostgaard (creador del icónico cartel del Che con la estrella), Raúl Martínez y Olivio Martínez Viera. Muchos no tenían formación formal en diseño.
- ¿Dónde se pueden ver carteles cubanos originales hoy?
- Colecciones importantes se encuentran en el Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, el Cooper Hewitt Smithsonian Design Museum, la Cinemateca de Cuba en La Habana, y la colección del Centro Studi Cartel Cubano en Italia. Universidades como RISD y UCLA también conservan archivos significativos.
- ¿Qué diferencia al cartel cubano del pop art y la propaganda soviética?
- A diferencia del pop art (que celebraba el consumo) y la propaganda soviética (rígida y realista), el cartel cubano fusionó surrealismo, psicodelia, arte naíf y tradiciones afrocubanas. Los artistas tenían libertad creativa inusual para un contexto revolucionario, creando obras más artísticas que propagandísticas.
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